DUBAI: MÁS QUE UNA JUNTA DEL NARCO
- Publishedoctubre 21, 2025
EL WALL STREET DEL CONTRABANDO
Dubái no conocería el cielo si no fuera por el contrabando, el tráfico de armas y la droga. El padre del actual jeque lo sabía; por eso, antes de que los grandes edificios y playas ficticias acabaran con las dunas, reconoció que abrazar el delito era saludable para su imperio.
Rashid bin Saeed Al Maktoum era su nombre. Ocupó el octavo puesto como emir de la dinastía Maktoum y él, al igual que su hijo, aprendió que un país crece si no se mira la mano que invierte.
La tradición familiar —ser ciego al crimen, pero no sordo en los negocios— tiene origen en 1900, cuando Dubái, un pueblo pesquero dedicado a las perlas, tomó la decisión de liberar el puerto de impuestos aduaneros. El resultado: llegaron en manada persas, árabes e hindúes que huían del peso que imponía la ley en el puerto persa de Lingah. Tras 12 años de exención fiscal, el padre de Rashid, Said Bin, continuó con las políticas de su sangre y convirtió al naciente centro comercial en un refugio seguro de contrabandistas.
Y aunque le dio oxígeno a la economía de su emirato, no pudo evitar la crisis de la década de 1930 con la caída de la bolsa en Wall Street; tampoco impidió que los japoneses “arruinaran” el negocio de las perlas descubriendo que se podían cultivar. Fue un duro golpe para Dubái no haber visto más sectores económicos. Quedarse con la pesca y confiar en las rutas marítimas del estrecho de Ormuz por poco los deja fuera del negocio. Sin embargo, la visión y persistencia del gobierno emiratí de mantener a la ciudad de los mercaderes como un río constante de tráfico fue lo que los salvó.
La Oportunidad de Oro
Rashid, el emir, sabía que tenía una responsabilidad por delante: levantar la ciudad que su familia creó. Por eso, vio con atención cómo la crisis e independencia de la India con Gran Bretaña podía ser un gran negocio. La crisis de los treinta cambió definitivamente a Dubái.
Todo empezó en Nueva York. Las decisiones en los años 20 en Estados Unidos, como regalar créditos bancarios y permitir que se gastara invirtiendo en la bolsa, hizo que el precio de las acciones se inflara. El miedo colectivo hizo que miles corrieran a sacar sus ahorros y los bancos cayeron. El impacto fue mundial.
La India, como gran productor agrícola, tuvo un desplome del 50% en sus precios. Gran Bretaña, dominando el territorio, se negó a reducir impuestos y continuó sacando el oro y las piedras preciosas para salvarse de la crisis. El Partido del Congreso Nacional Indio, liderado por Mahatma Gandhi, decía que las políticas coloniales eran la causa de su desdicha. Millones se unieron y en 1947 lograron la independencia, pero la nueva nación no tenía un gramo de oro.
La India, un país adicto al metal precioso y con sanciones inglesas para importarlo, era la oportunidad perfecta. Rashid vio el negocio: contrabandear. Era la hora de aprovechar la posición geográfica de Dubái.
El emirato importaba oro de Londres y Suiza, que luego era traficado en pequeños barcos tradicionales hacia India y Pakistán. El Emir Rashid lo llamó “comercio”, pero la India le decía “contrabando”. Dubái se volvió la meca del contrabando de oro; en 1958 se triplicó, convirtiendo a los Emiratos en uno de los grandes importadores de oro del mundo.
Petróleo, Armas y Heroína
Poco tiempo después, dos noticias cambiaron el rumbo de Dubái: el descubrimiento de petróleo en 1966 y la salida del imperio británico del Golfo Pérsico en 1971. Esto permitió la unión de siete emiratos: Abu Dabi, Ajmán, Dubái, Fuyaira, Ras al-Jaima, Sarja y Umm al-Qaywayn, fundando los Emiratos Árabes Unidos. Era una federación con delegación específica de poderes al gobierno central y otros reservados para cada emirato.
Con la unión, Rashid consolidó el poder de su dinastía: invertir, permitir y cobrar.
Construyó con las utilidades que da cerrar los ojos el puerto artificial más grande del mundo (Jebel Ali), el aeropuerto internacional, hoteles, carreteras y zonas francas. Incursionó en todo negocio que pudiera atraer inversión extranjera, como el gas y el tráfico de armas.
El inicio de la guerra entre Irán e Irak en 1980 despertó las ansias de transbordar armamento bélico. En el puerto libre de Jebel Ali, los pertrechos venían de Estados Unidos y Europa y terminaban con los aliados de Irak, aunque también se desviaba algún cargamento al “enemigo” Irán. En 1989, fusiles M-734 de Estados Unidos salieron legalmente de una firma europea hacia Dubái para terminar en manos del camuflado contrario. Municiones y equipos para armas nucleares vivieron la misma suerte.
Dubái lleva décadas siendo capital de mercaderes. Al oro lo siguieron las armas, y con el lavado de activos, llegaron los narcos.
Los Mercaderes de la Muerte
El exmilitar soviético Viktor Bout, conocido como el “Mercader de la Muerte”, fue uno de los principales traficantes de armas en los 90. Aprovechando el colapso de la Unión Soviética, se hizo con una flotilla de aviones y arsenal militar que abasteció a gobiernos, dictadores y guerrillas en África, Asia y Medio Oriente. Suministró armas tanto a la Alianza del Norte en Afganistán como a los talibanes. Grupos como las FARC en Colombia, la UNITA en Angola y Gadafi en Libia fueron sus clientes.
Bout operaba a través de empresas fachada y bases logísticas como Sharjah, a unos 15 km de Dubái. Los Emiratos Árabes Unidos fueron pieza clave en su engranaje, ya que sus políticas de libre comercio, zonas francas y el sistema financiero tradicional Hawala ofrecían facilidades para el lavado de activos.
Sarkis Soghanalian, la versión armenio-lebanesa del “mercader de la muerte”, hizo uso de estas mismas ventajas. La única diferencia: Soghanalian operaba con el respaldo y aliento de la administración Reagan, usando con beneplácito el puerto de Dubái para entregar armas a Irak.
“Haram”: El Negocio de la Droga
La heroína afgana fue una de las primeras drogas en pasar los irrisorios controles de Dubái. El crecimiento dramático en la producción de opio, impulsado por la inestabilidad post-soviética y el ascenso del Talibán, hizo de Afganistán el principal proveedor mundial.
Se desarrollaron tres grandes corredores: la Ruta de los Balcanes y la Ruta del Norte (hacia Europa y Rusia) y la Ruta del Sur, con Dubái como su centro logístico, usando África como zona de tránsito.
Las mafias encargadas operaban en redes étnicas (pashtunes, kurdos, paquistaníes) con alianzas talibanes. Traficaban toneladas desde Kandahar vía Pakistán a Dubái. La red de Haji Bagcho, el “Godfather” del opio, tenía oficinas en Pakistán y Dubái para coordinar envíos a 22 países.
Todas estas mafias tenían algo en común: el mismo banquero, Sherkhan Farnood de Kabul Bank, el mayor banco privado de Afganistán. Farnood utilizó su posición para lavar dinero de redes de narcotraficantes y élites políticas corruptas. Su modus operandi era canalizar los fondos a través del Hawala y empresas fantasmas en Jebel Ali, para convertir las ganancias en bienes raíces y oro en Dubái. Se estima que facilitó el lavado del 30% de las ganancias de heroína de redes afganas en los 2000.
Hawala: El Sistema para Blanquear
Hawala, que en árabe se traduce como “letra de cambio”, surgió en el siglo VII como solución a los riesgos de transportar efectivo en las rutas comerciales. El sistema, que ha pasado siglos sin cambiar, maneja la inquebrantable ley de primar el anonimato, el nulo papeleo y la garantía del envío. Ha sido usada por migrantes, políticos, narcotraficantes y terroristas.
Rashid vivió todo su gobierno bajo esa lógica, y su hijo Sheik también. Nunca hubo intención de cambiar el sistema Hawala. Solo apareció una ley que investigaba “más” los delitos de lavado de activos y financiación al terrorismo porque Estados Unidos lo ordenó tras el ataque del 9/11.
La gran mayoría de criminales han usado este sistema: los talibanes, Al-Qaeda, Hezbollah, narcotraficantes de Colombia, México, la “Gold Mafia” de África, mafias rusas y gobiernos corruptos. El modus operandi varía poco: el criminal entrega el efectivo a un hawaladar local con un código. Este contacta a su contraparte en Dubái para blanquear las ganancias, ya sea comprando bienes (electrónicos, vehículos, apartamentos), usando envíos fantasma, comprando oro de zonas de conflicto o con una transferencia inversa. Una vez “limpiado”, el dinero se deposita en bancos locales e internacionales.
La Fachada de Lujo
Al mismo tiempo que se penalizaba el delito, Dubái abrió el mercado inmobiliario para extranjeros con la misma política de las zonas francas: “aquí no hay preguntas”. Con esa visión se fundó el Dubai Multi Commodities Centre (2002) y el Centro Financiero Internacional de Dubái (2004). Empresarios y criminales invertían en la ciudad.
Sin embargo, la crisis de las hipotecas en Estados Unidos golpeó a Dubái. En 2009, Dubai World, su empresa más grande, anunció una deuda de 59 mil millones de dólares, cerca del 75% de la deuda total del emirato. La crisis inmobiliaria provocó que más de 10 mil empresas cerraran y el 40% de los trabajadores fueran despedidos.
Dos años duró el colapso, hasta que Abu Dhabi intervino con 20 mil millones de dólares. El salvavidas levantó la ciudad, pero obligó al gobierno emiratí a diversificarse en turismo y finanzas. Se implementó la ley de Protección al Inversor (Tanweer), que daba confianza limitándose a regular contratos y restringir la venta sobre planos.
La venda en los ojos facilitó que gobiernos corruptos y organizaciones criminales usaran nuevamente el mercado inmobiliario para lavar sus ganancias. Como la ley no obligaba a verificar la fuente de ingreso, era prácticamente imposible.
Los sancionados por Estados Unidos y la Unión Europea fueron los primeros en mirar a Dubái. Alexander Borodai, miembro de la Duma rusa, compró un apartamento en Palm Jumeirah y no lo declaró. El hijo de once años del presidente de Azerbaiyán, Ilham Aliyev, compró 44 millones de dólares en propiedades en solo dos semanas. La ex primera dama de Zimbabue, sospechosa de contrabando, fue vinculada a una mansión de 9 millones. El expresidente sudafricano Jacob Zuma recibió como regalo una villa comprada por un empresario sancionado por Estados Unidos.
Organizaciones criminales también hicieron las suyas. Dawood Ibrahim, el hombre más buscado de la India, tenía inversiones allí. Kamchibek Kolbayev, de un grupo mafioso ruso, está vinculado a un apartamento en Dubai Marina. Francesco Giordano, de la mafia italiana, poseía cuatro apartamentos. Ruslan Baisarov y Zakhar Kalashov, jefes de la mafia rusa, también tenían múltiples propiedades. Estos casos demuestran que el mercado inmobiliario de Dubái ha funcionado como un conducto para el blanqueo de capitales a escala mundial.
Conexiones Globales: Esmeraldas, Oro y Cocaína
Mientras el oro de contrabando entraba a la India, en Colombia, la “guerra verde” de los 80 enseñaba que las esmeraldas eran una buena forma de lavar dinero. El “zar de las esmeraldas”, Víctor Carranza, fue uno de los protagonistas. Fundó Tecminas, la comercializadora más grande de Colombia, vendiendo piedras a Europa, Asia y el Golfo Pérsico. Dubái era un destino lógico. Reportes de inteligencia de la Embajada de EE.UU. mencionan que Carranza legalizó riquezas mediante exportaciones internacionales.
Para los 90, Carranza tenía innumerables enemigos, entre ellos Julio Lozano Piratque, considerado por el presidente de Colombia como el líder de la “nueva junta del narcotráfico en Dubái”. La DEA y la fiscalía colombiana han señalado a Lozano de ser responsable de atentados contra Carranza por su rivalidad en el sector minero.
En 2010, Lozano se entrega a la DEA. Tras 6 años en una cárcel de EE.UU., viaja a Dubái, recordando que sus amigos presos preferían el calor del emirato por sus políticas laxas. Allí, convence a Dev Shetty, CEO de Fura Gems (con sede en Dubái), de que compre en 2017 una de las minas más grandes de Colombia, dirigida por su socio, Jesús Hernándo Sánchez. Un negocio redondo.
A la vez, las mafias rusas hacían de las suyas con metales preciosos para sobrellevar las sanciones por anexar Crimea. Se estima que exportaron casi 100 toneladas de oro ilícito a la refinería Kaloti en Dubái para reexportar los lingotes como “limpios”. Las minas en Sudán y Angola, controladas por milicias, tenían contactos con redes rusas que enviaban el oro a Dubái. Se dice que Kaloti procesó casi 2000 toneladas de oro de zonas de conflicto.
Según una investigación (Project Cassandra) de la DEA, el pago a las milicias por este tráfico se hacía con efectivo y cocaína proveniente de Colombia.
Este modelo de negocio se incrementó tras la creación del Grupo Wagner en 2014. Implementaron el esquema Guns for gold (armas por oro): proporcionaban seguridad militar a regímenes africanos a cambio de concesiones mineras exclusivas. Esta lógica buscaba evadir sanciones y financiar operaciones globales, como la guerra en Ucrania.
Cripto, Guerra y la “Junta” Moderna
El 24 de febrero de 2022, Putin invadió Ucrania. La respuesta mundial fue aumentar las sanciones. El Kremlin recordó al buen compañero del emirato que, con sus políticas de “permitir y cobrar”, podía evadir los castigos. El único problema: la refinería Kaloti estaba terminada.
Por eso, se especializaron en el sistema Hawala y el auge de las criptomonedas. El proceso, con sedes en Dubái, permitía que pandillas entregaran dinero a correos rusos, quienes lo intercambiaban por Tether (una cripto estable) para comprar más droga a cárteles sudamericanos e invertir en bienes raíces en Dubái. Ekaterina Zhdanova, del grupo TGR, fue pionera en estos métodos, usando Tether incluso para pagar a espías rusos.
La “flota fantasma” de Putin, que transportaba petróleo ruso, también fue beneficiada. Los buques se vendían a empresas fantasmas en Dubái, hacían transbordo buque a buque, manipulaban su identificación para no ser vistos y se pagaban miles de millones con criptomindas.
El presidente colombiano Gustavo Petro ha denunciado que en Dubái se maneja el narcotráfico del mundo. A esas alianzas las autoridades los llaman “supercárteles”. Un ejemplo fue el que desmontó la Europol en 2022 (Operación Desert Light). La mega red criminal incluía a: Kinahan (Irlanda), que era la intermediaria desde Dubái entre el Clan del Golfo y grupos europeos; la Macro Maffia (Italia), que aportaba sicarios; La Camorra (Italia), que pactaba con cárteles mexicanos; y el Clan Tito y Dino (Bosnia/Países Bajos), que controlaba el abastecimiento desde Perú y Colombia.
Si queremos hablar realmente de cuál sería esa “gran junta del narcotráfico”, tendríamos que hablar del sistema político de los EAU. La familia gobernante, la dinastía Al Maktoum, nombra a los líderes de las instituciones clave, incluyendo la Autoridad de Servicios Financieros (que supuestamente persigue el lavado), la policía y la seguridad del estado.
Diferentes organizaciones mundiales han señalado que es precisamente el modelo de gobernanza el que ha permitido a Dubái ser el hub de traficantes. Por eso, pensar en que narcos internacionales hacen y deshacen sería parcialmente erróneo. Quienes verdaderamente se enriquecen con permitirles operar son quienes manejan el país; quienes dieron la orden de seguir la tradición de ser ciego, pero no sordo en los negocios.
Por eso Dubái es lo que es: el Wall Street del lavado de activos, donde, más que una junta global del narcotráfico, criminales del mundo entero se sientan uno al lado del otro. En cada restaurante, son vecinos, amigos y hacen negocios.
